
Un frío "hola", acorde a la calidad del clima, una invitación a sentarse en la fría muralla y la espera de una conversación que desde hace mucho se sabía su resultado.
Cruzaron palabras, miradas, pensamientos y silencios. Uno, más que el otro, no podía hablar, ya que sentía que iba a hacer más daño, solo se dedicó oír y por sobre todo a ver. Observó y meditó en la postura, su forma de hablar, su mirada y sus gestos. Una mezcla de esto y aquello, pero solo en su silencio pudo ver quién era realmente la persona que estaba en frente; indefenso, temeroso, reacio al afecto, solo él y no una personalidad forjada a modo de escudo, pero, aunque quiso cambiar las cosas, no pudo hacer nada, porque la decisión ya estaba tomada y el lazo se rompió hace mucho tiempo.
Un abrazo que se frustró y un apretón de manos con mucha oposición fueron los gatillantes de la inevitable distancia y así, en el mismo lugar de la playa, donde comenzó todo, de forma repentina y premeditada se terminó de destruir una inocente utopía.
Uno corrió de su rabia y otro solo caminó. Los dos como buenos polos opuestos, siguieron caminos contrarios. Los dos miraron hacia atrás, pero siguieron caminando.